Los madrileños reconocen la “iniciativa, sensibilidad y perseverancia” de la Duquesa de Alba, Antonio López, Luz Casal y Caja Madrid
“No son palabras sino ejemplos los que mueven una sociedad. Hoy hemos traído aquí cuatro de los más destacados para expresar el valor que Madrid otorga a la iniciativa, a la sensibilidad y a la perseverancia”. Así se ha dirigido el alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, a la Duquesa de Alba, al pintor Antonio López, a la cantante Luz Casal, y a Rodrigo Rato, como presidente de Caja Madrid, que han recibido, en el Palacio de Cibeles, las Medallas de la Ciudad de Madrid.
La primera en recibir la Medalla de Oro de Madrid ha sido Luz Casal, en reconocimiento a su trayectoria como cantante, que la ha convertido en una de las mejores intérpretes de la historia de la música popular española, y a su especial vinculación con Madrid. De ella ha destacado el alcalde “su sencillez, entereza de carácter, hondura emocional y sólida formación”.
Después, Rodrigo Rato, en su condición de presidente de Caja Madrid, ha recogido la Medalla de Oro, en reconocimiento a la labor desarrollada por la entidad no solo en el plano económico y financiero, sino también en los ámbitos asistencial, social, docente, cultural y medioambiental. “Caja Madrid –recordó Gallardón– ha acompañado el desarrollo de nuestra ciudad y de España durante los últimos tres siglos, demostrando una idea de su papel que no limita lo económico –con ser esto muy importante– a lo financiero o lo productivo, sino que lo concibe en toda su realidad humana”.
Y en reconocimiento a su obra artística como pintor y escultor y a su vinculación a Madrid, singularmente a la Gran Vía, que ahora conmemora su centenario, Antonio López ha recibido el mismo galardón. “En la mirada atenta y sensible de Antonio López, pero sobre todo en su tenacidad, vive el secreto de la excelencia”, destacó el alcalde. “Sagaz observador de nuestro paisaje urbano, ha tenido la gentileza de pintar una ciudad no siempre bien entendida para retratarla con respeto, sin miedo, sin favoritismos ni idealizaciones, pero abnegadamente, logrando captar así su auténtica naturaleza”.
Finalmente, la Duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, ha recibido la Medalla de Honor de Madrid, que completa el reconocimiento que el Ayuntamiento inició en 1962 a concederle la de Oro por el papel desarrollado como jefa de la Casa de Alba, en los ámbitos social y cultural y por su estrecha vinculación con la ciudad. “Más de quinientos años de tradición familiar –ha recordado el alcalde– han hecho posible una de las mayores colecciones documentales y de arte de Europa, con obras, entre otros, de Tiziano, Velázquez y, por supuesto, Goya, con su célebre retrato de la decimotercera Duquesa. La Fundación creada en 1976 ha preservado y ordenado esa herencia, en una labor que le ha valido a Cayetana de Alba la gratitud no sólo de Madrid sino también de diversas instituciones de nuestro país”.
DISCURSO DEL ALCALDE DE LA CIUDAD DE MADRID
ACTO SOLEMNE DE ENTREGA
DE LAS MEDALLAS DE MADRID
Palacio de Cibeles,
15 de mayo de 2010
“Autoridades; miembros de la Corporación; Señora Duquesa; Don Antonio López; Don Rodrigo Rato; Doña Luz Casal; señoras y señores:
De todas las formas que puede adoptar la inteligencia, la más inusual, y también la más valiosa, es aquella que se manifiesta como apertura a la realidad. Así lo creía Julián Marías, quien nos prevenía ante una conciencia autosuficiente, y recomendaba, por el contrario, hacer sitio en las mentalidades a la fuerza de la evidencia; y así lo practica a diario esta ciudad, cuya inteligencia esencial nace, en efecto, de su realismo innato, con el que pese a todo construye sus sueños. Por eso, en el día de San Isidro, patrón del tesón cotidiano y figura tutelar de las personas afanosas y sencillas, celebramos ante todo la constancia de una sociedad cuyo mérito principal estriba en que no ignora las dificultades ni exagera sus capacidades, y aún así, hecho el balance, halla coraje y razón para el esfuerzo y la convivencia.
El escogido conjunto de personas e instituciones en las que Madrid reconoce este año una especial referencia se distingue por haber realizado una aportación a nuestra vida pública que concilia lo individual con lo social, lo particular con lo compartido, el sentido de la Historia con el compromiso con el futuro, así como por hacer efectiva esa inteligencia realista a la que aludía el filósofo mediante una relación intensa y sentida con la cultura. No son virtudes menores, y menos aún en un momento como el actual. Porque sólo mediante ese equilibrio, desde el esfuerzo de cada uno y la participación de todos en una empresa común, a partir de una reflexión práctica que sirva sinceramente a la acción y no sea una excusa para aplazarla, podrá España superar los graves retos que tiene planteados. El país al que servimos como capital se ve forzado hoy a emprender un camino largo y difícil, en el que se le piden sacrificios e incertidumbres, pero que en todo caso no nos evitará tener que reconsiderar en algún momento no pocas cosas. En esa experiencia, lo más valioso que tiene la sociedad española es el empeño de aquellos que se han consagrado a reflexionar a fondo sobre nuestra realidad, aceptándola para mejorarla, y el de quienes la han enriquecido con las creaciones del espíritu. Porque la cultura, que a menudo creemos consecuencia del bienestar, es también elemento precursor de éste. Una sociedad culta está siempre más cerca de alcanzar sus objetivos, pues mantiene despierto el ánimo crítico que es necesario para identificar las carencias y rectificar los errores. De modo que ese patrimonio inmaterial, que no se devalúa nunca, puede ser el recordatorio de quiénes somos y qué fabulosas metas podemos alcanzar, como el faro que nos acompaña en la noche hasta que la llegada de la mañana disipa las sombras.
La sencillez y la entereza de carácter, la hondura emocional y una sólida formación han confluido en Luz Casal para impulsar una de las carreras musicales más brillantes de nuestro país, que ya no puede concebir ciertas letras y melodías si no cobran vida en su portentosa voz. La evolución de su trayectoria, desde un rock femenino en el que fue pionera, hasta pasar por géneros muy distintos en los que abunda la balada y deslumbra el bolero, revela una inquietud y una exigencia consigo misma que no son frecuentes. Esa capacidad para renovar repertorios y estilos sin caer en la monotonía establece un listón muy alto no sólo para la canción española, sino también para el conjunto de una industria cultural que para Madrid resulta de primera importancia, y que en Luz Casal puede encontrar la prueba irrefutable de que lo popular no sólo no tiene porqué ser sinónimo de vulgaridad, sino que en ocasiones lo es de elegancia y exquisitez. Madrid se siente orgullosa de haber sido escenario de los inicios y de los éxitos de Luz, y de comprobar ahora su triunfo en Iberoamérica, Grecia o Francia, cuyo teatro Olympia de París, el mismo que acogió a Édith Piaf o Jacques Brel, ha puesto ella a sus pies más de una vez. Entre los motivos de admiración que Luz Casal suscita, no es el menor la valentía y la naturalidad con los que se ha enfrentado a la enfermedad, ofreciendo un ejemplo y un estímulo a todos aquellos que luchan para vencerla y dejarla atrás. Si hacemos caso de lo que confiesa en su Todo va bien, no hay más remedio que admitir que tiene “la suerte de ser una mujer / de la cabeza a los pies”, y que aunque mucho le teme “al dolor si es terrenal”, juega fuerte y no sabe de vanidad.
En una cita memorable, a menudo poco recordada por sus seguidores, Friedrich von Hayek afirmó que “nadie que sólo sea economista puede ser un gran economista”, y que si lo es incluso “puede constituir un verdadero peligro”. De lo que se desprende que, a la inversa, el beneficio para la sociedad procede de aquellas instituciones y personas con una visión amplia de la economía, como la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, y aquellos que en los últimos años la han dirigido y quienes lo hacen ahora. Caja Madrid ha acompañado el desarrollo de nuestra ciudad y de España durante los últimos tres siglos, demostrando una idea de su papel que no limita lo económico –con ser esto muy importante– a lo financiero o lo productivo, sino que lo concibe en toda su realidad humana. El respaldo de su Obra Social y su Fundación a las necesidades e iniciativas de los madrileños es una muestra de confianza y solidaridad hacia una sociedad a la que no sólo ayuda a progresar materialmente, sino en la que también promueve una mayor cohesión y una viva actividad cultural, docente y medioambiental. La rehabilitación del Palacio de la Música en la Gran Vía es tan sólo una muestra –si bien muy hermosa– de este servicio de Caja Madrid a la ciudad que le presta su nombre, y a la que también ha cedido el monumento conmemorativo de su tercer centenario. La singular naturaleza de las cajas de ahorro hace estéril, en fin, todo intento de enfrentar lo público y lo privado. Ambos son ámbitos llamados a colaborar, en el bien entendido de que las Administraciones han de renunciar a toda pretensión hegemónica, pues, aunque de ellas se espera apoyo a la sociedad, éste no puede derivar en ocupación del espacio público. Desde esa necesaria autonomía, Caja Madrid ejerce hoy sus fines, cuya labor sociocultural llega a 16 millones de personas. Lo hace de la mano de una figura sólida y brillante, como la que representa Rodrigo Rato, sin duda el mejor presidente que la caja de ahorros madrileña podía tener en tiempos como los que corren, y el responsable de que, en días distintos a estos, y como consecuencia de su acierto al frente del Ministerio de Economía, nuestro país ingresara en el euro cumpliendo las exigentes condiciones que eran necesarias para ello. Su excepcional talla humana y profesional representa un motivo de tranquilidad para los impositores de Caja Madrid, para los agentes socioeconómicos y para el conjunto de la sociedad madrileña.
En la mirada atenta y sensible de Antonio López, pero sobre todo en su tenacidad, vive el secreto de la excelencia. Sagaz observador de nuestro paisaje urbano, ha tenido la gentileza de pintar una ciudad no siempre bien entendida para retratarla con respeto, sin miedo, sin favoritismos ni idealizaciones, pero abnegadamente, logrando captar así su auténtica naturaleza. En los desmontes y los amaneceres, en las avenidas desiertas y las azoteas encendidas, en el arranque de su famosísima Gran Vía o en el sobrevuelo de la Avenida de América, encuentra el principal representante de la Escuela Madrileña mundos enteros que demuestran que no hay motivo pequeño si se sabe escuchar. Una extática admiración por lo real, vivida desde una humildad silenciosa que no renuncia a la audacia del descubrimiento, le sustrae de las clasificaciones fáciles, convirtiéndole en un clásico, a salvo del vaivén de las modas. Ya Gombrich observó, en plena era de las vanguardias, que toda pretendida superioridad histórica de una forma de arte sobre otra es falsa desde el momento en que cada una encierra su propio misterio. Pero en todo caso hay que notar que si los impresionistas partieron un día de un propósito científico –reflejar el color y la luz tal cual son– y concluyeron en un efecto poético, el autor de telas como Atocha o Madrid visto desde Torres Blancas consigue ir más allá, pues su realismo hace el milagro de trascender la mera descripción de lo físico para terminar aprehendiendo su alma, mediante la destilación de un lirismo de lo cotidiano que los madrileños entendemos bien. Es, en definitiva, el gran contemplativo moderno, el hombre verdadero cuya generosidad consiste en avisarnos de un prodigio tan sigiloso como presente: la intimidad de cuanto nos rodea.
Mencionar la Casa de Alba es evocar resonancias muy profundas de la Historia de España, de las cuales el Palacio de Liria guarda fiel testimonio en forma de un impresionante archivo y riquísimo patrimonio artístico. Más de quinientos años de tradición familiar han hecho posible una de las mayores colecciones documentales y de arte de Europa, con obras, entre otros, de Tiziano, Velázquez y, por supuesto, Goya, con su célebre retrato de la decimotercera Duquesa. La Fundación creada en 1976 ha preservado y ordenado esa herencia, en una labor que le ha valido a Cayetana de Alba la gratitud no sólo de Madrid sino también de diversas instituciones de nuestro país, y entre cuyos galardones más recientes destaca la Medalla de las Bellas Artes del Gobierno español. Alentando el conocimiento de este legado y su apertura al público, la Duquesa ejerce una responsabilidad que no resulta de interés únicamente privado, sino que beneficia a todos. El viejo principio de nobleza obliga adquiere así nueva vigencia, al actualizar la vocación de servicio que originariamente se asocia a la aristocracia. La figura de Cayetana de Alba, nacida en Madrid y bautizada en el Palacio Real, ha sido además testigo de los avatares sociales, políticos y culturales de buena parte del último siglo, y está tan ligada a Madrid como nuestra ciudad a la propia Historia de España. La educación francesa, la residencia en Londres o el apego a Sevilla no han podido apartarla de Madrid, donde, al igual que en toda España, es conocida y querida. Pocas veces una nómina tan larga y significativa de títulos nobiliarios se habrá visto encarnada en alguien con una mayor cercanía a la gente. La Duquesa de Alba –para los ciudadanos, simple y familiarmente, Cayetana– ha dedicado su vida a acortar cualquier distancia que pudiera separarla de lo que en España y a los españoles acontecía en cada momento. Y, aunque eso le ha valido a veces recelos o incomprensiones, su constancia en el afecto a sus compatriotas ha terminado por verse justamente recompensada. La Medalla de Honor que hoy recibe es parte de ese homenaje, y completa un reconocimiento que el Ayuntamiento de Madrid inició en 1962 al concederle la de Oro.
No son las palabras sino los ejemplos los que mueven una sociedad. Hoy hemos traído aquí cuatro de los más destacados para expresar el valor que Madrid otorga a la iniciativa, a la sensibilidad y a la perseverancia. Son las señas de identidad que nunca han dejado de definirnos, y con las que mejor podemos afrontar el apasionante desafío que tenemos ante nosotros: seguir construyendo en todo tiempo, con plena conciencia de la realidad, pero también con firme propósito de superación, aquello que como ciudadanos nos da sentido. Es decir, un Madrid abierto, justo y emprendedor”.
Muchas gracias, y Feliz San Isidro a todos.