Hoy, cuando he pasado cerca del local donde tenía mi tienda, he sentido añoranza y pesar. Me deprime ver la calle triste y gris, sin establecimientos ni servicios comerciales, con esa fría tonalidad cromática que tienen algunas plantas de galerías de alimentación que se han visto obligadas a cerrar por la competencia de las grandes superficies. Han cambiado los tiempos. Cuando yo vine a esta localidad no había pequeño comercio. Tampoco tenía muchos habitantes. La mayoría inmigrantes de distintas regiones del resto de la península que se habían desplazado a Madrid en busca de trabajo. Le puse mucha ilusión a mi responsabilidad y aún recuerdo con qué prisas levantaba el cierre porque los clientes ya estaban esperando. No ocurría lo mismo con el pago. La penuria de aquellos tiempos muchas veces obligaba a “olvidar” el monedero. Aún recuerdo aquellas palabras de Granados cuando se preguntaba: “¿dónde estará el libro en el cual mis padres apuntaban los cobros pendientes?” Vivían aquí pero trabajaban en Madrid y se llevaban el sueño y el almuerzo envuelto en la bolsa de todos los días. Corrí con todos los riesgos pues aunque la administración promete mucho la venta de su producto sólo la apoya con repetidas y elocuentes buenas palabras que han llevado a muchos a la frustración y al cierre.
Vinieron a prometerme ayudas para la mejora. Incluso para las nuevas tecnologías. Mi banco avalaba a quien me tenía que avalar y ésta me avalaba a mí. Ser emprendedor era un sueño y había que promocionarlo pero el interés sólo estaba en el cobro de los impuestos y en la obligación de darse de alta en la Seguridad Social. Las asociaciones no supieron defender los derechos de los que durante muchos años, y cuando los tiempos eran difíciles, abrieron con pico y pala, sudor y lágrimas, el porvenir y el bienestar de la localidad. Las auténticas ayudas curiosamente sólo las recibían las nuevas empresas foráneas que parecían no necesitarlas, pero como sus propuestas eran “portadoras del progreso” merecieron la total atención de las autoridades.Y ahora, en la Navidad del año dos mil veinte cuando veo vacío el local de mi tienda, me siento triste y solo.
Juan Rivero
Presidente
Aldaba, Asociación de Profesionales de la Formación y el Comercio
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