
La cooperativa TRABENSOL ultima la ejecución de su complejo de viviendas autogestionadas para personas mayores, pero con mucha vida por delante. Antonio Zugasti, presidente de la cooperativa, demuestra que con más de 70 años todavía hay quien tiene inquietudes e ideas y lucha por ellas.
- El concepto de viviendas autogestionadas para personas mayores es relativamente novedoso y, aunque se conocen algunas experiencias, como la del complejo Santa Clara en Málaga, aquí en Madrid no hay demasiados ejemplos. ¿Cómo surge este proyecto?
- Comenzó con un grupo de amigos del entorno del Padre Llanos, en El Pozo-Entrevías. Fue entonces cuando empezamos a preguntarnos qué pasaría cuando llegáramos a más viejos. En el grupo, muchos habían vivido experiencias negativas cuidando a sus familiares mayores. Unido a esto, nos encontramos con otro problema: no entrábamos en los requisitos de admisión para una plaza en una residencia pública, pero las privadas se nos hacían inasequibles. Frente al “arréglate como puedas”, optamos por la cooperación. Manejamos la idea de buscar viviendas juntas con servicios comunes en una urbanización y después llegó la idea del complejo de viviendas gestionadas por nosotros mismos y con zonas y servicios comunes. Esto fue en el 2001 aproximadamente…
- Hablamos de residencia, pero realmente éste no es un modelo de residencia al uso. Estamos hablando de un conjunto de apartamentos, como podría ser una urbanización donde priman las zonas comunes, a pesar de seguir manteniendo cierta autonomía. En este sentido, la convivencia es muy importante, también porque sois vosotros mismos los que estáis pagando directamente los servicios y vuestro propio apartamento. ¿Cómo afrontáis esta idea de “espacio común” y cómo habéis previsto mantenerla y gestionarla?
- Efectivamente, no lo queremos llamar residencia, sino “centro de convivencia”. Pensamos que las relaciones humanas son la base para el bienestar de las personas y el enriquecimiento personal. Esto lo ponemos de manifiesto al hacer una cooperativa donde cada uno tiene una aportación económica y, voluntariamente, también puede aportar su trabajo en servicios a la comunidad. Económicamente, y según cálculos aproximados, cada socio tendría que pagar entre 900-1000 euros mensuales si es una sola persona; y 1.500 euros al mes si es una pareja. Con ello, se cubriría manutención, estancia, servicios médicos que pudiera prestar el centro… No obstante, para la construcción del edificio habría que desembolsar entre 135.000-140.000 euros. Lamentándolo, no es demasiado barato pero es lo mejor que podemos hacer. Con esto, cada socio sería propietario de un apartamento de 45 metros cuadrados y la proporción del espacio común. En caso de fallecer uno de los socios, la cooperativa devolvería el dinero desembolsado para la construcción del apartamento a sus herederos, y éste quedaría libre para un nuevo socio.
- En estos momentos, tenéis ya adjudicados unos terrenos de 22.000 metros cuadrados de superficie en Torremocha del Jarama (Madrid). ¿Para cuándo la construcción del edificio?
- Sí, ya tenemos los terrenos. Ahora mismo, un equipo de arquitectos está elaborando un proyecto básico que esperemos que esté para finales de este mes. También tendremos que solicitar las licencias pertinentes al Ayuntamiento de Torremocha. Esperamos comenzar el proyecto de ejecución antes del verano. Como la construcción está bastante parada, confiamos en que pueda ir relativamente rápido, así que, según nuestros cálculos, podría estar construida en año y medio a partir de que comiencen las obras. Eso sí, queremos una construcción bioclimática, respetuosa con el medio ambiente. Hemos pensado en que los apartamentos tengan una orientación mediodía, aprovechar luz natural, queremos instalar placas fotovoltaicas, aprovechar la energía geotérmica para la calefacción y el agua caliente… Claro, esto también encarece la construcción, pero realmente supone un ahorro, por ejemplo, en la factura de la luz a largo plazo.
- Desde que comenzarais en 2001 con esta iniciativa ha llovido mucho. Ha sido casi una década de esfuerzo, de hacer encaje de bolillos para cuidar todos los detalles hasta llegar a este punto. Y supongo que habrá sido un camino con muchas piedras por delante. ¿Cómo ha sido todo este proceso?
- Para empezar, comenzamos un grupo de diez parejas y hoy somos 50 socios (individuales y parejas). Hace cuatro años, comenzamos a aportar mensualmente 250 euros para ahorrarlo y poder dar una entrada cuando compráramos el suelo. Hoy día ya tenemos una de las parcelas pagadas y recalificadas, lista para construir. Sin embargo éste es uno de los disparates de la actual sociedad: el mismo suelo, si no es edificable, es mucho más barato. En este sentido, hemos tenido muchas dificultades. Nos hemos tirado seis años pateando pueblos donde poder ubicar el centro. Incluso, nos quisieron vender un terreno por donde pasaba una carretera. También tuvimos problemas con una gestora que contratamos para que nos llevara el papeleo y que, ante una supuesta e inminente aprobación del PGOU, tuvimos que desembolsar entre todos 140.000 euros que fueron a saco roto. Y en todo esto, tampoco hemos recibido ayudas de la Administración, a pesar de haberlas solicitado. Al ser una fórmula que todavía no se contempla demasiado, optan por el “solucióneselo usted”.
- Todos sus cooperativistas son personas jubiladas que, como decía antes, se han visto en la tesitura de replantearse su futuro en un ambiente saludable y sostenible. En general, ¿cuál es el perfil de los 50 socios que han apostado por este proyecto?
- Son personas mayores que aceptan los principios básicos de la cooperativa y, lógicamente, que tienen posibilidades económicas como para sostener el proyecto y pagar las cuotas. En el grupo que empezó –diez parejas-, algunos creían que sería una obra social con apoyos de las administraciones públicas, pero, como he dicho antes, no hemos tenido subvenciones de ningún tipo. El cooperativista de Trabensol es una persona que no entra en una residencia pública, pero que no puede pagar un privada. Lo ideal, para realizar el primer desembolso, es que tenga ya un piso en propiedad para que pueda alquilarlo o venderlo y, con ello, contribuir a adquirir su pequeña vivienda y sus derechos comunes. De media, tenemos unos 70 años y cada uno procede de distintas profesiones: hay enfermeras, profesores, empleados, trabajadores de la construcción…Y también, a lo largo de estos años, hemos visto ejemplos de solidaridad entre ellos. Por ejemplo, hay un socio al que otro le está pagando sus cuotas porque no les puede hacer frente en su actual situación.
- Con la que está cayendo, ¿recomendaría esta fórmula a los jóvenes, que al fin y al cabo, son uno de los sectores que más está padeciendo el problema de la vivienda?
- El sistema de cooperativas existe desde hace mucho tiempo. Trabensol (Trabajadores en Solidaridad) deriva de Trabenco (Trabajadores en Cooperación), una cooperativa que construyó muchos pisos en los ’70 en Entrevías. Muchos de esos socios se han unido a este proyecto. Los jóvenes, hoy día, lo deben afrontar en régimen de alquiler o pidiendo créditos. Para la gente de mi generación, es más fácil por las condiciones laborales que existían antes, por ejemplo, el trabajo estaba casi asegurado. Nosotros tenemos una situación, en general, relativamente desahogada. Los jóvenes cuando lleguen a esa edad, lo van a tener más difícil. Llevamos tiempo diciendo que la línea creciente de mejora social en Europa se ha quebrado. Lo normal era que el hijo viviera mejor que el padre… y ahora somos los padres los que tenemos que mantener a los hijos. Los jóvenes deben moverse, denunciar la situación, agruparse… y meterse en cooperativas es una buena idea para el tema de la vivienda.
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