por Julio Peña
Reflexiones sobre las elecciones de 2016.
Naturalmente es lógico comenzar sobre el aspecto principal de la experiencia vivida. Nos referimos al ejercicio oratorio que nos han ofrecido nuestros parlamentarios. Salvo excepciones han demostrado un notable progreso en cuanto a oratoria se refiere. Han mantenido el interés, lo que ya es un mérito apreciable. Sobre contenidos preferimos respetar el derecho que les confiere su condición de devotos de su ideología, mientras no exijan nuestro acuerdo.
Por el contrario estamos totalmente en desacuerdo sobre la exposición de opiniones. El progreso de la oratoria es importante por la importancia que sobre el un mensaje, o idea cuando la haya, ejerce la amenidad y claridad del expositor, vehículo para influir en la aceptación del contenido y búsqueda de consenso.
En lo que debiera respetarse como Centro de la Libertad y expresión máxima de la Democracia, debería observarse escrupulosamente el respeto a la libertad de pensamiento y su expresión, situación que no se respeta en la manifestación del voto. Requerido el votante con nombre y apellidos se le exige la manifestación de voto, sí o no en voz alta, sin lugar a matización alguna. El único recato que se le permite consiste en la no exigencia de identificación documentada.
De hecho cada votante sea obligado a manifestar públicamente su posición con referencia a la opinión de sus compañeros. Como comprenderán un monumento a la libertad de pensamiento y práctica de la democracia, y monumento a la inutilidad de la votación. Su eliminación supondría un buen ahorro en desplazamientos, sin menoscabo de la solución investigada. Acuerdos por unanimidad, excelencia racionalidad política.
En caso de interesar mantener el sistema de votación existente debiera modificarse mediante votación secreta. Por principios democráticos y de respeto a la opinión siempre debería recurrirse al voto secreto. Por cierto incluir esta práctica como modificación de la Constitución debiera considerarse como tarea primaria del ardiente deseo de reforma que, sin mayores matizaciones, fue para muchos lo único aprovechable y razonable que se derivó de la sesión, sin que se pusiera de manifiesto explícitamente.
Que recordemos, durante las cuatro pasadas sesiones plenarias no se registró ningún voto en contra. Constatación desoladora en una situación crítica donde no debiera haberse cosechado semejante acatamiento borreguil. En definitiva parece que lo fundamental era la identidad del ganador, el país no debe estar para personalismos en momentos cruciales, donde todos los votantes capacidad plena para opinar, no se trataba de elección de soluciones técnicas que exigieran conocimientos específicos, sino de confianza o recelo sobre la calidad de los ejecutores, terreno mas que trillado.
No obstante resulta sospechoso que en tan largo periodo, aún inacabado, nadie piense que quizá su ideólogo no está realmente en lo cierto. Puede, más bien debe asegurarse que, alguien consideró en su interior, aunque sin llegar a verbarizarlo, que ciertas ideas de su partido no eran las más adecuadas en la situación actual de España. Probablemente sí pero la carrera es la carrera y no quiero quedar marcado.
Hasta que no eliminen este tipo de votaciones no podremos presumir de demócratas, sino que como máximo seremos rebaño oprimido por una nómina mas o menos jugosa, pero nómina. Esto ocurre en la Carrera de San Jerónimo de Madrid, sede de la presunta democracia española.
Julio Peña.